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No solo de medicinas vive el hombre, Amén

Publicado por en 21/07/2016 – 10:35

Carlos Pineda

 

 

 

Carlos Pineda,

(escritor y experto en crecimiento personal)

Pensemos que nuestra vida y destino está en manos de otro ser humano, y que, como tal humano, posee emociones, una moralidad personal (la cual puede diferir de la propia y no compartir; nadie nos preguntó); conocimientos de su profesión más o menos reciclados; a lo mejor ejerce su carrera porque se lo impusieron sus padres y la realiza porque es lo que hay, aunque no vibre desde su corazón, es decir, sin vocación.

Los pacientes de salud mental están en manos de otro ser humano a nivel sanitario y mentalmente centrado, donde, en caso de mala praxis, la ley queda en manos de la interpretación de un juez. Confiamos o no en el sanitario que nos ha tocado, es lo que hay y es la realidad que nos ha tocado vivir.

Partiendo de dicha introducción en el mundo de la salud mental y más concretamente en la psiquiatría, la herramienta del doctor psiquiatra es el bisturí farmacológico, que lo utiliza más acertadamente o menos sedando al loco de atar que tiene enfrente, al que no es capaz de seguir en su paradigma, llamémosle x, no resolviendo la inquietud emocional que reside en la base que conforma la inteligencia de esa persona ante todo y DURMIÉNDOLO A LA VIDA.

Porque detrás de un mal llamado «loco», hay un ser con tanta inteligencia que no es capaz de controlarla ni encauzarla, y de ahí su inquietud; cierto que es duro tener visiones, escuchar a alguien que no está en el presente o tener un brote psicótico porque no se es capaz de sostenerse a sí mismo. Pero no olvidemos que ante todo es un ser humano, no lo confundamos con un animal en estado salvaje, que es necesario controlar. «No asesinemos en vida a una persona durmiéndola hasta la eternidad».

Cuál es la solución de la psiquiatría actual: ¿amordazar al loco o al loquero? ¿Amarrar a la política económica que mece el mundo? ¿Sujetar la mente de la locura que intenta curar la neurosis a base de pastillazos, como si fuesen balazos? ¿A dónde queremos llegar? Sabemos que la solución no es dormir al paciente mental, somos conscientes de que los psiquiatras tienen como modus operandi «asustarse» cuando ven al paciente psiquiátrico mejor, subiendo la dosis de medicación, dejándolo en el limbo existencial, moral y legal. Estamos matando al ser humano en vida, al no permitirle vivir su existencia, durmiéndolo o congelándolo de la posibilidad de experimentar, vivir o, al menos, intentarlo. No hay peor bisturí en salud mental que el farmacológico, si se usa desde el pánico a que ese «pequeño loquito» cometa una gran locura.

 

Y digo yo: ¿Quién está más loco, el psiquiatra que usa la medicación sin el conocimiento y preparación suficiente o el paciente que espera todo lo mejor para su curación o estabilización mental? Miremos a uno y a otro, soltemos el ego y veremos que el trasfondo vital es el sentido de la humanidad.

 

Si los hospitales gastasen la mitad del presupuesto farmacológico en aumentar las terapias individuales y grupales con profesionales con una base psicológica y de sólida formación, daríamos cabida a ver la esencia de la raíz que causa la desestabilización mental a cada paciente, y se podría ayudar a tomar conciencia a la persona que sufre una patología mental certera, y diagnosticada con dignidad humana y amor. Demos cabida a los profesionales en la salud mental, cambiándolos por los enfermeros que juegan a ser «psicólogos» cuando no los son, y juegan a ser terapias grupales boicoteando a especialistas de su área e impidiéndoles el acceso a desarrollar su profesionalidad en un mundo psicoterapéutico, que sí es el suyo.

Y si damos más tiempo de escucha a los pacientes y comprendemos su estado mental, seguramente lo ayudemos a integrarse más en la sociedad y en compensación lo agradecerá.

 

Y en el fondo de todo este maremágnum se encierra una visión empresarial, y es el de las farmacéuticas; para estas empresas, LOS PACIENTES SOLO SON NÚMEROS y los empresarios personas, ¡claro!

 

Y en pocas palabras se puede conseguir comprender todo y ser CONSCIENTES de que el lado oculto es el que mueve al mundo, el capitalismo, el hacer caja sin escrúpulos, y ahora yo me pregunto: ¿Quién es más peligroso, un empresario que por el dinero mata o un médico o doctor (si ha realizado el doctorado) en psiquiatra? Que cada uno se responda, pero en mi opinión están todos disfrazados con la misma bata blanca. Es lo mismo todo. El ego que es el poder nos hace perder la visión amorosa que debería mover la vida, y le damos cancha al dinero como vara de mando, y ese es el fracaso del capitalismo que vivimos en la actualidad. Por dicho motivo, es necesario un cambio en la visión de la psiquiatría cara a los pacientes, que son tan personas como el médico que le prescribe la medicación que luego le administra el enfermero. Y no olvidemos que el último eslabón de la cadena es el paciente; el primero, la industria farmacéutica; el segundo, los psiquiatras; el tercero, el/la enfermero/a que ejecuta la orden del médico administrando correctamente dicha medicación con su dosis pautada; y en cuarto lugar y último, que no primero, el paciente (persona o ser humano con sus cualidades y virtudes y sus derechos ante la vida).

Es curioso: derechos a la vida en último lugar cuando debería ser el primero, el que deberían priorizar en la industria farmacéutica, los que deberían colgarse en un marco y colocarlo en su despacho, bien visible, para que lo pudieran recordar varias ocasiones al día. Pero, claro, como el dinero mueve al mundo, y las farmacéuticas necesitan sostener su monopolio, crean medicamentos para tratar síntomas, y lo que ellos digan va a misa, al igual que el médico. Y la buena intención de curar al paciente queda relegada a un último lugar; porque mientras se siga viendo y valorando como un número más a un paciente psiquiátrico (que ante todo es persona y ser humano con los mismos derechos que un empresario o médico), el mundo de la psiquiatría no cambiará a nivel mundial, la industria farmacéutica engordará su hucha y los derechos humanos seguirán quedando relegados a ser moneda de cambio.

 

Así de clara y concisa es la realidad del mundo de la salud mental: los pacientes quedan relegados a un segundo plano; se ven sumergidos en una paradójica situación legal.

 

Está claro que habrá pacientes de todo tipo de personalidad y forma de actuar ante la vida, sería un error meterlos a todos en la misma caja. También hay que valorar a los profesionales que trabajan en el campo de la salud mental y realizan su labor con una gran eficacia. No hay que tirar la psiquiatría actual por tierra; lo que hay que ir empezando a reconocer es que algo falla, y a partir de ahí mostrar una actitud conciliadora que ayude a cambiar hacia una integración en la sociedad de la persona diagnosticada y tratada dentro de la salud mental. Y es que hemos pasado de tener recluidas a estas personas a integrarlas en la sociedad, y si el psiquiatra ve que manifiesta una conducta parecida a la normal, se asusta el médico, le sube la medicación y lo duerme, por miedo a que asesine a alguien, viole a otra persona, robe con fuerza, secuestre a un niño o mujer, etc. Y CLARO, COMO EL POSIBLE RESPONSABLE DE LO QUE PUEDA HACER EL PACIENTE PSIQUIÁTRICO EN SOCIEDAD Y NO EN UN INTERNADO ES EL MÉDICO, SE LE DUERME ANTE LA VIDA A BASE DE MEDICINAS. El punto medio de equidad de un buen profesional lo da primero su vocación, sus conocimientos, el reciclarse continuamente y su visión profesional, que le hace capaz de saber diagnosticar la patología certera y la medicación correcta en su dosis y su tiempo.

 

Entonces, ¿cuál es la solución de la psiquiatría actual: amordazar al loco o al loquero? ¿Amarrar a la política económica que mece el mundo? ¿Sujetar la mente de la locura que intenta curar la neurosis a base de pastillazos, como si fuesen balazos? ¿A dónde queremos llegar, sabemos que la solución no es dormir al paciente mental?

 

 

 

 

FRAGMENTO DEL LIBRO: No solo de medicinas vive el hombre. AMÉN. (Editorial Manuscritos 2016)

Autor: Carlos Pineda

Un día, había quedado con Lola, que me llevaba a un camping lleno de roulottes, donde se estaba celebrando una reunión clandestina e informal de psiquiatras venidos de distintos lados de España. Una vez en ese lugar, entré en una gran caravana en la que se situaban nueve personas en una mesa mirando cómo entraba, me sentaba y hablaba. Les expliqué mi preocupación o temor, mi gran miedo a los desconocidos. Muy críticos con todo lo que opinaba, me quisieron recetar haloperidol (es un antipsicótico para las afecciones mentales en las que es difícil distinguir entre las ideas reales e irreales), a lo que me negué; estaba cansada de ansiolíticos y antidepresivos en mi vida (y la medicina homeopática no era suficiente en los últimos meses para aplacar la ansiedad que reinaba en mi interior). Salí de esa caravana llena de extraños psiquiatras con una bolsa de pastillas, parecía una pesadilla, pero no, era la realidad a la que estaba acostumbrada. Mi amiga Lola conocía a estas personas que hicieron un hueco en su congreso para psiquiatras en un camping lleno de caravanas, algo que no es extraño en psiquiatras. Ellos son los corregidores de las enfermedades mentales y se supone que son las personas más cuerdas en el planeta, claro, son psiquiatras: controlan la psique del hombre o, mejor dicho, el pensamiento. A mí esta situación no me gustó mucho, así que volví a mi trabajo un día más, dejé aparcados mis complejos y comencé a trabajar de nuevo en el ordenador, a ordenar mis papeles, a imprimir los resúmenes mensuales de la actividad realizada, a calcular los gastos y beneficios del mes de abril que acababa de terminar, con una Semana Santa pasada por agua, un puente de cruces de mayo acompañado de más agua aún si cabe, la televisión habla de crisis, de políticos corruptos, de parados que no encuentran trabajo, de tragedias familiares y personales… Da miedo la situación, me aferro a mi trabajo e intento probar el nuevo tratamiento, miro las pastillas de distintas formas y colores, me entran náuseas y me dirijo al váter a vomitar y a tirar las pastillas al fondo del mismo. «Tiro de la cisterna y veo como desaparecen las caravanas junto a las pastillas por un nuevo camino», las cañerías que conducen nuestros desperdicios.